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UNA VISITA MAGICA Y MISTERIOSA.
Visitar el valle de Los Altares es una experiencia sobrecogedora.
Es de una belleza desmesurada sobre la que sobrevuela un hálito misterioso, rayano con lo
sagrado. Sus terrazas se asemejan a mesas sacras en donde la creación adora a sus dioses.
Un lugar para la leyenda, la fascinación y la magia.
Allí todo es imponente, hasta el silencio y el viento que canta por los riscos.
LOS ALTARES.
La región serrana de Los Altares, a la vera de la ruta que nos lleva a Esquel, es de una
imponencia sobrecogedora.
Un hálito de misterio cargado de sacralidad impera por sobre esas colosales figuras talladas en
la roca.
Dicen que fue el coronel Jorge Luis Fontana el que le dio el nombre a fines del siglo pasado.
Y creemos que no hay otra denominación más certera que ésta: estamos ante inmensas mesas
sagradas, como aquéllas en las que se ofrecían sacrificios a los dioses.
En este paisaje, las leyendas y las fantasías cabalgan por sobre los riscos y por sobre los
infinitos espacios arrulladas por el viento. Esta sensación de estar frente a lo innominado se
hace más fuerte en los atardeceres, y en el momento en que el sol vuelve a prender las velas de
esas catedrales.
TODO ES POSIBLE.
Uno cree escuchar melancólicas invocaciones mapuches y tehuelches, como parte de un ritual que
viene desde la noche de los tiempos. Uno imagina al Gran Brujo de la Tribu arrodillado en aquella
mesa tallada, vaya a saber por quien, tratando de calmar la furia del UNO desolado por los
pecados de los hombres...
Recorrer este ámbito de silencios es así, una huida y un escape. Un escape de la cotidianeidad
prosaica de las cosas tangibles y una huida hacia el territorio brumoso de lo mágico en donde
todo es posible.
En Los Altares no puede sino vivirse experiencias hondas e inefables. Aquellas que se resisten a
quedar embretadas en el molde duro de las palabras. Hay algo mas, que fluye como un arroyo de aguas
luminosas por las interioridades del alma.
Decir esto y afirmar que allí nadie puede mantenerse indiferente, es lo mismo. Las vivencias,
que caen como cascadas, desde las torres majestuosas, vienen preñadas de humanidad, con un sentido
de lo esencial que clarifica mentes y corazones.
LOS ALAMOS.
Por ese sector, nos llama la atención la presencia de algunos álamos aislados. Tienen su
historia. Fueron plantados por Eser Iturra, quien fue colocando estacas de álamos en los lugares
en donde después de las lluvias se juntaba agua.
Los álamos brotaron y hoy se conservan como un hermoso testimonio de alguien que pensó en el
futuro.
En nuestra visita a Los Altares, arribamos a "Rocky Trip" (Bajada rocosa). Este paraje aparece
mencionado en todas las crónicas de los antiguos viajeros. Era un lugar muy peligroso por cuanto
los carros y las vagonetas debían descender de la meseta al valle por una cuesta breve pero empinada.
"Los caballos se sentaban literalmente sobre la retranca y patinaban la bajada", escribió en
su crónica W.Hughes al referirse a este lugar.
Al pié de la bajada había, allá lejos y hace tiempo, un paraje conocido como "Sol de Mayo".
UN PERSONAJE DE BORGES.
Como no podía ser de otra manera también funcionaba un boliche y una fonda.
Supo atender la fonda, entre otros, un español llamado Alipio de La Lama. Comentan que era un
hombre de una cultura excepcional. Poseía una desconcertante y inmensa biblioteca.
Nunca se supo la razón por la que el ibérico estuvo viviendo en este paraje, hoy abandonado.
Todo un personaje de claros perfiles borgeanos. Un día -qué importa cuál, si todos los días son
"el día"- La Lama tuvo entrevero con un viajero desconocido. El ignoto fue más rápido y lo mató
de una cuchillada que le perforó el corazón. Sus restos fueron sepultados en las inmediaciones de
su fonda, al pie de un molle. Estuvimos en aquel molle añoso donde yacen los restos de este
enigmático personaje, en donde hay una tumba derruida que fuera construida por don Inciarte
quien era propietario de una tropa de carros y muy amigo de La Lama.
TERRAZAS ALUVIONALES.
El macizo serrano de Los Altares, en el valle homónimo se extiende desde el cerro Black Eis,
hasta el "Cañadón Vivaldi"en donde observamos por su formación muy particular, el llamado
"Arca de Noé".
Nos quedamos mirándolo muy detenidamente y es verdad: parece el caso de la mítica nave construida por
Noé para salvarse del bíblico gran diluvio.
Desde Rocky Trip (Bajada rocosa), vemos un cerro que impacta: los lugareños lo han bautizado como
"Pico de Gallo", y se trata de una elevación de rocas volcánicas.
Nos cuentan que ese promontorio en las épocas de sequía exhibe distintos colores, entre los que
predomina el rojo, el que luego deja lugar a un abanico de matices, cuando devienen los tiempos
en que el cielo abre sus compuertas".
Mirando hacia atrás, el primero que cuenta su paso por Los Altares, es un científico suizo, allá
por 1865, quien habla de la formación estratificada de esas terrazas aluvionales.
La zona muestra además una falla geológica. Está al pie del cerro "Pico de Gallo", en donde las
terrazas lucen en un primer tramo, un nivel parejo, hasta que, hay un corte abrupto en dirección
norte.
UNA CAPILLA CATOLICA DE 1890.
Ya en el llamado Cañad¢n Vivaldi, uno de los extremos del valle de Los Altares, cruzamos el río
Chubut, ingresamos a una propiedad privada, y allí llegamos a una capilla católica que construyera
en 1890 el cura Francisco Vivaldi.
Este sacerdote logró la adjudicación provisoria de tierras en el Valle de Paso de Indios para
fundar una misión donde los aborígenes pudieran aprender ciertas formas de trabajo en el campo,
pero el viaje a Europa de Vivaldi impidió que este propósito se concretara.
Pese al paso del tiempo, las construcciones que se habían levantado en el lugar, incluida la
Capilla perduran hoy, aunque fueron destinadas a otros usos, de los originalmente previstos, excepto
el lugar de oración que aún se mantiene en buenas condiciones.
Alberto Hall.
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