La Web de la Ciudad de Trelew |
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Suplemento Semanal. |
![]() La historia de "los bolitas" que trabajan en las chacras del Valle Inferior es una historia de explotación y desamparo. Viven en condiciones de semiesclavitud. Trabajan por monedas y un plato de sopa y están varados aquí por ser, en su mayoría, indocumentados. Un relato no apto para distraídos o indiferentes. Esta es una historia oculta de explotación y desamparo. Al reparo de curiosidades y de miradas indiscretas, cientos de bolivianos, de todas las edades, trabajan en las chacras del valle en condiciones rayanas en la semi esclavitud y a cambio de un raleado plato de sopa. Como suele suceder con lo que avergüenza, la mayor parte de los productores de la zona de Gaiman se hacen los distraídos y dicen no saber nada cuando se dispara la pregunta inquisidora de un periodista que se mete en donde no lo llaman. Hay que ir allá y hay que estar allá. Es la única manera de ir corriendo el velo tendido sobre los altos álamos, detrás del cual están los dramas y los testimonios contados en voz baja por difusos temores que no se alcanzan a vislumbrar. DE SOL A SOL La mayoría de estos trabajadores del altiplano está indocumentada. Sólo los que están blanqueados no se esconden cuando aparece un fotógrafo o algún versionero de historias de vida, como lo somos nosotros. A lo mejor es por vergüenza; una vergüenza de la que son víctimas, no responsables.
Los "bolitas" -como se los llama con un mote cargado de discriminación y desprecio- trabajan de
sol a sol.
Sí, literalmente es así. A las 6 de la mañana, con apenas unos mates y unos mendrugos de pan en el estómago, por lo general duro, ya se van al surco. Encorvados sobre plantaciones de lechuga, acelga o tomate, sacarán yuyos, colocarán fertilizantes en cada plantita y sólo harán una breve pausa al mediodía para tomar un platito de sopa muy escuálido. Luego y ya con la modorra de la siesta instalada en las vastas extensiones, volverán a hundir sus manos en la tierra. Nuevamente encorvados. Nuevamente de rodillas. Todo un símbolo, más allá de los treinta y pico grados de calor que sólo bajarán al caer de la tarde, cuando ellos también retornen a sus barracas precarias. |
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TODA UNA ORGANIZACION.
Su jornada de labor habrá excedido así las doce horas, por las que recibirán una paga mensual de unos 200 a 300 pesos, "más casa y comida", lo que no deja de ser un cruel eufemismo. De la "comida", algo hemos mencionado. Nos falta "la casa": un galpón sucio y oscuro, con unos jergones tirados en el suelo en donde duermen y unas lámparas o velas, con las que se iluminan en las noches en las que a¤oran los valles, las montañas y las tierras altas de su patria lejana... El sistema laboral se rige por una suerte de normas un tanto complicadas. Estos obreros, dejados a la intemperie de toda protección social, llaman "patrón" al connacional que teniendo plata en el bolsillo ha logrado alquilar una parcela de alguna chacra del Valle. El "patrón" no tiene un trato directo con sus trabajadores. Como si fuera una organización verticalista y jerárquica, "los bolitas" están bajo las órdenes del "mediero" -una suerte de capataz, muy parecido a aquellos de las plantaciones esclavistas de Paraguay y de Brasil-. Será con este intermediario con el que los trabajadores deberán "arreglar" sus condiciones laborales y será éste el encargado de supervisar que los operarios "rindan" el máximo posible, en vergonzosa asimetría con la paga. |
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EL TRAFICANTE.
Pero por sobre este montaje denigratorio de la dignidad humana hay otra figura fantasmal y ominosa: el hombre que se dedica al "tráfico" de esta mercancía humana. Muy pocos lo conocen personalmente. Algunos nos dan distintos apellidos. Los sindicados por la gente, ante nuestra pregunta, niegan estar afectados al infamante negocio, aunque averiguaciones posteriores nos conduzcan a una persona que cada dos o tres meses suele hacer misteriosos viajes a su país de origen. "Les dijo que él no se dedicaba a eso?, pues les mintió a mi me consta que él lo hace y es él quien trae a los bolivianos a trabajar acá en las chacras y va luego a un porcentaje con los otros que ocupan a la gente", nos dice una mujer, de clara ascendencia galesa, que pide no ser identificada. El supuesto "traficante" de semi esclavos, a las puertas del 2000, al observar que nuevamente nos detenemos en su chacra, se enoja: "otra vez ustedes?, que son de la Policía? Ya les dije que no me ocupo de traer obreros de mi país; los que vienen lo hacen por su cuenta, son todos cuentos que inventan los galensos de acá porque me tienen envidia, ya que yo con menos tierra que ellos me las sé arreglar sin tener que andar llorando al gobierno provincial para que me den un crédito o un subsidio como lo hacen ellos...". |
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NO ME GUSTA MUCHO
De tez marrón, regordete y de mediana estatura, este boliviano "de suerte" hace su catarsis resentida y nos advierte que no volvamos por allí a molestarlo. Lo escuchamos en silencio y en silencio subimos a nuestro vehículo con más sospechas que antes...
Paramos en una casa pintada de blanco y amurallada por los árboles. Golpeamos las manos. Sale
una mujer de unos 60 años, algo enjuta y de pelo rubio matizado por las canas.
De entrada, le prohibe a nuestro fotógrafo hacerle algunas tomas: "no quiero salir en el diario. Sólo lo hice una vez cuando todo el mundo hablaba de los inundados de Trelew y nadie se acordaba que nosotros est bamos igual o peor que ellos porque teníamos el agua hasta dentro de las casas. Ahora ya no me interesa hablar". -Le ofrecieron emplear en su chacra a bolivianos? La respuesta vino de inmediato: "Sí, en varias oportunidades. Acá vino muchas veces, un tal (y da un apellido) que es el encargado de ir a buscar gente a su país y luego se encarga de ofrecerlos por las chacras, pero yo siempre me negué, no sé... no me gusta mucho... porque tenés que hacerte cargo de darles de dormir y de comer, y con eso no quiero saber nada, porque yo vivo sola y me han contado que de noche, ellos se ponen borrachos..." |
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EL ALCOHOL Y EL ESCAPE.
La mujer, sin proponérselo, menciona el otro perfil de esta trama: el fenómeno del alcoholismo como vía de escape de una realidad en la que hay seres humanos que valen menos que animales.
En verdad, para "los bolitas" condenados a mirar hacia la tierra, como si ese fuera su único
horizonte vital, el vino -como droga de los pobres- es el único que les permite volver al
altiplano, a los recuerdos gratos, a los momentos lindos de una infancia sencilla y libre como
los cóndores de aquellas latitudes. Ser por eso, tal vez, que cuando se emborrachan no
descargan agresividades en los otros, porque no las tienen al admitir mansamente su realidad de
"humanoides".
Y así, en lugar de la reacción, deviene la pasividad: se quedan durmiendo "la mona", idos, relajados, volados.... Con el velo descorrido, de esta forma, hemos pergeñado a grandes trazos un epifenómeno social que ocurre casi ante nuestras narices. Parece increíble lo que contamos, pero no lo es. Nos limitamos tan sólo a consignar aquí perfiles de un cuadro que, aunque escandalice, debe ser puesto en la evidencia pública para sacudir indiferencias y distracciones. Sobre todo las de aquellos que mandan.... NO DIGA QUE SOY MENOR "Por favor, no diga que soy menor, porque sino me rajan. Yo sé que no es legal", ruega un muchachito morocho que sólo atina a conversar acequia de por medio. Andrés tiene 17 años y no cuenta con la autorización legal de sus padres para ausentarse de su hogar. Es una víctima más del desamparo en el que viven "los bolitas" valletanos. Dice que sus progenitores se negaban a que él emigrase a la Argentina aunque en su pequeño poblado del monte boliviano sólo estuviera condenado a vegetar de por vida. "Cuando el señor (menciona un apellido) me ofreció venir yo no lo dudé mucho. Aunque me prometió más paga de la que estoy sacando y un lugar mejor que el galpón en donde duermo junto a otros ocho compañeros", confiesa. Advierte que "el señor (...) me dijo que cuando me preguntaran de donde era, yo dijese que era de Salta, porque -siendo del país- mi problema sería más fácil de arreglarlo que si se llega descubrir que soy un extranjero menor de edad y que no tengo los papeles en regla". Al hurgar en la historia de sus raíces, revela que su padre era de ascendencia africana y que su abuelo había llegado a Bolivia escapando de una plantación de caña de azúcar, en donde vivía sometido a la esclavitud. -¨No sentís que te parecés un tanto a tu abuelo? Titubea. Pareciera que la realidad se le viniera encima y admite que sí: "mira, yo soy casi un esclavo como lo fue mi abuelo; en algo nos parecemos. Yo trabajo prácticamente por nada. Estoy condenado a no poder salir de acá porque sino me agarra la policía que verá que no tengo documentos. Además no sé cuando podré volver a mi tierra a ver a mis padres. Estoy arrepentido de haberme escapado y no sé cómo hacer para salir de esto", reflexiona con amarga impotencia. ALGO ES ALGO... Se llama Juan, es uno de los tantos "bolitas" traídos desde Bolivia para trabajar en las chacras del Valle apenas por monedas y un plato de sopa. Tiene 35 años. En un pequeño pueblito perdido en el Altiplano dejó a su mujer y a su pequeño hijo, a quienes hace más de dos años que no ve. "Yo vine para acá porque allá la cosa está muy mal y como me prometieron que acá íbamos a ganar un buen sueldo y que nos iban a dar casa y comida, pensé que después de cierto tiempo podría llegar a ahorrar algún peso para volverme, pero ya ve... lo que gano no me alcanza ni para mí y mucho menos para mandarle algo a mi familia", reflexiona con amargura.
Mientras habla, continúa encorvado sobre las hileras de lechuga. Arranca pastos y malezas con sus manos endurecidas como suelas. No le observamos ninguna señal emotiva. Su rostro permanece inexpresivo, aún cuando se acuerda de su hijo o cuando se pone a hablar en la lengua de sus padres: el quechua. Juan se muestra orgulloso al revelar que es un indígena de "pura cepa" y da sus razones: "mis antepasados eran gente muy buena, todos eran iguales y se ayudaban entre todos, no como ahora, que uno tiene que pelearla solo y si es pobre, como soy yo, vas muerto..." No puede dejar luego de trazar similitudes con su tierra: "acá el clima es parecido al del lugar de donde vengo. Si estuviera con mi familia, tal vez me quedaría, pero tarde o temprano me volveré. Mientras tanto, tengo este trabajo y algo es algo, al menos puedo comer y tengo un techo para dormir. Cuando puedo, porque en las noches pienso mucho en los míos que están tan lejos...". Alberto Hall, Fotos: Marcelo Rodríguez |
| Edición: Carlos Turdera - Luis Monje.
Producción integral: Jornada-Servycom s.r.l. Colaboraciones, críticas y/o sugerencias pueden remitirse a: Vía Postal: Yrigoyen 583, (9100) Trelew, Chubut / Fax: 0965.37409 E-mail: jornada@cpsarg.com (hasta los días miércoles a las 18 hs.) |
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